Agencia Reforma
Ciudad de México 4 mayo 2026.- De la mano del colectivo RojoNegro, la propuesta de México en la 61 Bienal de Arte de Venecia es una invitación a parar.
Hacer una pausa en medio del frenesí contemporáneo para poder reconectar unos con otros, así como con la tierra misma, según explican en entrevista remota María Sosa y Noé Martínez, dúo de artistas que representa al País en la bienal más antigua y relevante del mundo con la instalación inmersiva Actos invisibles para sostener el Universo.
«¿Qué pasa si nos detenemos un poco a reflexionar nuestras acciones? () ¿Qué pasa si nos hacemos sensibles a nosotros mismos para poder ser sensibles con el otro?», cuestiona Sosa, enlazada junto con su colega y esposo desde Venecia, donde el encuentro arranca este 9 de mayo.
«Porque, justamente, creemos que en este momento del mundo lo que falta es sensibilidad hacia los demás y hacia uno mismo que se sobreexige hasta la muerte y se autoexplota como si fuera uno una mina del Siglo 16», agrega la creadora.
Atreverse a parar, opina Martínez a su vez, resulta un acto valiente y radicalmente político; «pelear por tiempo de pensar, por tiempo de crear, son batallas que pueden ser invisibles», apunta.
Con curaduría de Jessica Berlanga Taylor, el proyecto de RojoNegro en el pabellón mexicano de la Bienal, montado a lo largo de tres semanas, configura una experiencia a través de sonidos, materia y memoria.
Sobre todo, también es una forma de honrar aquellos «actos invisibles» a los que alude el título.
«Queremos honrar los actos de personas que conocimos danzando en la sierra de Chihuahua para sostener los ciclos de vida y muerte, los de activistas, de ecologistas, de personas que conocimos en Michoacán que estaban dispuestos a recibir tiros en el cuerpo por defender un árbol», remarca Martínez.
Fue hace poco más de dos décadas que ambos creadores se conocieron en un taller de la Casa de la Cultura de Morelia, región de la que son originarios.
Como RojoNegro -nombre que alude a las herencias purépecha de Sosa y huasteca de Martínez, de acuerdo con la simbología mesoamericana que asocia los puntos cardinales con colores específicos del maíz-, su práctica entrelaza la memoria ancestral, los lenguajes del cuerpo y las tecnologías rituales desde una perspectiva decolonial.
Eso mismo es lo que presentan ahora en la Bienal, a la que pudieron llegar luego de resultar seleccionados en un concurso cerrado al que les invitara a participar el INBAL; «sinceramente, nosotros pensábamos que no había oportunidad, que posiblemente ya estaba otorgado y era una simulación», admite, entre risas, Sosa.
Actos invisibles para sostener el Universo integra un tapete de barro y sal, como los de las ofrendas de Día de Muertos; 13 cerámicas con formas de aves que conectan a las Américas, patrocinadas por Cerámica Suro; pinturas teñidas con tintes naturales, hojas y plantas, hechas en Cherán, Michoacán, y también una pieza sonora comisionada al artista Alberto Rubí que amalgama distintas fuentes.
Asimismo, el colectivo ha incluido la más reciente versión de un videoperformance que llevan 10 años realizando, y en el que se les puede ver replicando las poses de algunas piezas de arte prehispánico. Un trabajo que comenzó, desde la teoría decolonial, como una epistemología mesoamericana del cuerpo, además de la investigación del cuerpo como un instrumento ritual.
«Hay mucho que la arqueología dice: ‘Ya está perdido el conocimiento’, pero como artistas sí podemos acercarnos hacia ese conocimiento () Pensamos: ¿Qué pasa si representamos con nuestro cuerpo estas piezas?», relata Sosa, refiriendo el valioso hallazgo que les dejó poner el cuerpo en la misma posición que ese arte prehispánico en manos de colecciones privadas.
«Nos dimos cuenta que la sensación o la autopercepción de nuestro cuerpo coincidía con la representación corpórea de las piezas; como que las piezas estuvieron representando la fuerza y la sensación corpórea, no la mimesis del cuerpo como las esculturas griegas», explica la artista, quien también liga este trabajo con un esfuerzo por superar los cánones estéticos impuestos en Occidente.
Martínez, por su parte, destaca la capacidad del cuerpo como un archivo de memorias al que se puede acceder precisamente a través de adoptar esas posiciones esculpidas en las piezas.
«Entonces, te das cuenta de por qué hay ciertas relaciones lingüísticas rituales con las manos, con los dedos, con el movimiento de caminar, con el tipo de gesto, la mirada, la forma en la que está pronunciada la boca», ilustra el artista sobre el saber derivado de esta forma de «reelaborar la memoria que tenemos con el arte prehispánico».
Cuatro meses ensayaron el videoperformance, trabajando con la artista escénica y dramaturga Mariana Villalobos; también recibieron acompañamiento y apoyo de la escuela de arte dramático Casa del Teatro. Lo grabaron en el Centro de Experimentación y Pensamiento Crítico, de la Ibero, con el iluminador Aurelio Palomino.
«No queríamos dar una imagen folclórica ni simular que estamos diciendo algo que no está dentro de nuestro cuerpo», subraya Martínez, para quien la instalación ofrece un mensaje en dos vías, tanto para México como para el mundo, de: «Somos esto también».
Terminado el montaje en el Arsenale el jueves pasado, los artistas de RojoNegro pasarán estos días ofreciendo algunos recorridos y charlas, y el 11 de mayo regresarán a México.
La instalación permanecerá expuesta durante toda la Bienal hasta el 22 de noviembre, y sus artífices esperan que luego pueda exhibirse en el País.
Insólita renuncia
Ante la insólita renuncia del jurado internacional de la Bienal por la exclusión de Rusia del encuentro, a sólo unos días de la inauguración, RojoNegro se pronuncia por el acuerdo y la paz.
«La decisión de renuncia del jurado es un acto histórico el cual respetamos, y apelamos a la búsqueda pacífica de reencontrarnos como humanos en la paz», sostiene el colectivo de artistas michoacanos.
Una postura coincidente con lo que se han propuesto hacer a nombre de México en tan importante cita internacional.
«Nos interesa generar una obra que cause pausa, reconexión con el propio cuerpo, reconexión con la tierra y reconexión entre nosotros, sobre todo en estos tiempos tan violentos que tenemos tanto en nuestro País como en el mundo. Creo que lo que representa, más que nada, es la posibilidad de poder intentar hacer un mensaje de paz», refrenda Sosa.
Ante la ausencia de un jurado, el publico decidirá este año al pabellón ganador.