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Los empates de la jornada mundialista del lunes 15 de junio pasarán a la historia no por los goles que brillaron, sino por la soberbia que fue castigada. Lo vivido en los campos de Atlanta, Seattle y Miami dejó lecciones. En la Copa del Mundo, el nombre en la espalda no compite contra el orden del colectivo. El saldo de empates no fue producto de la casualidad, sino el desenlace lógico de un ejercicio de gestión cuestionable en los banquillos de las selecciones llamadas a ser protagonistas.

PECAR DE CUIDADOSOS

España, Bélgica y Uruguay, pesos pesados del balompié, cayeron en la trampa del conformismo. Luis de la Fuente y Marcelo Bielsa, estrategas de recorrido, pecaron de una prudencia que rayó en la negligencia. Mantener a los hombres de desequilibrio en la banca, bajo la premisa de una gestión de carga física o una soberbia táctica, permitió que Cabo Verde, Egipto y Arabia Saudita cimentaran murallas defensivas imposibles de penetrar. El mensaje implícito era que el triunfo caería por inercia; la respuesta del campo fue una lección de rigor.

LA JORNADA TUVO NOMBRE DE PORTERO

 Vozinha, bajo los palos caboverdianos, y Al-Owais, en el arco saudí, se erigieron como baluartes de una resistencia colectiva que no solo se basó en el orden, sino en la generosidad absoluta del esfuerzo. Vimos bloques compactos, sincronizados y, sobre todo, una entrega que no decayó ante la fatiga. Mientras los favoritos consumían minutos con posesiones estériles, los llamados «equipos débiles» tejían su suerte con sacrificio, obligando a las potencias a cerrar el partido en un acto desesperado y desordenado que, a menudo, resultó insuficiente.

LECTURA DE PARTIDO

Se evidenció que la pizarra del técnico es tan vital como el talento de sus estrellas. La incapacidad de ajustar, de leer el partido y de entender que el rival tiene herramientas para incomodar, fue el factor determinante. Al final, más allá de la calidad individual que jerarquiza las nóminas, es la entrega innegociable y el deseo de triunfo lo que verdaderamente fortalece al futbol, disipando los fantasmas de quienes temían que, al expandirse a 48 equipos, la competencia sería simplemente una desigualdad estadística.

Por enportada

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