Salvador Farfán Infante
La OMS (2004) define la violencia sexual como “todo acto o la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de ésta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo“.
Son actos reiterados que pueden obligar a una persona a realizar prácticas sexuales no deseadas que causen dolor, vergüenza, culpa e incomodidad.
La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (2007) define la violencia sexual como: “Cualquier acto que degrada o daña el cuerpo y/o la sexualidad de la víctima y que por tanto atenta contra su libertad, dignidad e integridad física. Es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto”.
La violencia sexual es la imposición de cualquier tipo, incluyendo uso de fuerza física, tentativas de obtener sexo bajo violencia, agresión a los órganos sexuales, acoso sexual incluyendo humillación sexual, el matrimonio o cohabitación forzados considerando el matrimonio con menores, la prostitución forzada o comercialización de personas adultas o menores, aborto forzado, negación del derecho a hacer uso de la anticoncepción o a adoptar medidas de protección contra enfermedades de transmisión sexual, y actos de violencia que afecten a la integridad sexual de las mujeres, tales como mutilación genital femenina e inspecciones para comprobar la virginidad.
Puede existir violencia sexual entre miembros de una misma familia y personas de confianza, y entre conocidos y extraños; es posible que tenga lugar a lo largo de todo el ciclo vital, desde la infancia hasta la vejez, e incluya a mujeres y hombres, ambos como víctimas y agresores. Aunque afecta a ambos sexos, con más frecuencia es realizada por hombres hacia mujeres y a menores de edad.
Este tipo de violencia muchas veces resulta difícil de demostrar, a menos de que existan lesiones físicas. Las prácticas más frecuentes son violaciones vaginales, anales y bucales, además de tocamientos y vejaciones; también la penetración anal o vaginal con la mano, puño y objetos como botellas o palos.
Para muchas mujeres la violencia sexual comienza desde la infancia y la adolescencia y se puede presentar en una amplia variedad de contextos, incluyendo el hogar, la escuela y la comunidad.
Existe la creencia de que en la vida conyugal de una pareja no puede haber violación; sin embargo, es importante reiterar que en todo acto donde una de las personas sufra, se incomode o se realicen prácticas contra su voluntad, estará sufriendo una violación, ya que la “legalidad” de la unión no justifica la violencia sexual.
La violencia sexual tiene consecuencias significativas para la salud, es causa de enfermedades físicas y mentales, como síndrome de estrés postraumático, depresión, embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual, sida, lesiones autoinflingidas, alcoholismo o consumo de drogas, suicidio y abuso sexual de menores. En muchos casos las personas violentadas sexualmente adoptan conductas de alto riesgo, como anorexia o bulimia, así como tener múltiples parejas sexuales y consumir drogas.
La violación es un acto de extrema violencia física y emocional. Consiste en la penetración con el pene, los dedos o cualquier objeto en la vagina, el ano o la boca en contra de la voluntad; casi siempre la persona agredida es amenazada para mantener la violación en secreto. Desafortunadamente este tipo de agresión es más frecuente de lo imaginable, por lo que se debe permanecer alerta y por ningún motivo permitirla; es un hecho que daña para toda la vida a quien la sufre.
Por lo regular, las personas que sufren violencia sexual no cuentan a nadie lo que les sucede. Esto se debe a que se sienten amenazadas o erróneamente culpables de lo que les pasa. Cuando la violación es cometida por un familiar cercano, la víctima se encierra todavía más en sí misma, debido a que su lealtad a la unión familiar le impide decirlo, pues teme que, al enterarse, se separe la familia. En los menores, los ancianos y las personas con alguna discapacidad, la situación se agrava, ya que cuando se atreven a denunciar el acto se les acusa de fantasiosos o mentirosos y de querer dañar al agresor.
Muchas de las personas violentadas sexualmente viven en constante estado de terror, debido a amenazas verbales como: “Si lo cuentas, te mato”, “van a creer que estás loca (o loco)”, “tu mamá se va a morir”, “nadie te va a creer”.
El incesto es el contacto sexual entre familiares con algún tipo de parentesco, ya sea civil o consanguíneo. Esta relación puede ocurrir con o sin el consentimiento de una de las personas; los actos sexuales frecuentemente se presentan con acoso y violencia física. Es importante que cuando sus hijos comenten que están sufriendo algún tipo de violencia, no los descalifiquen.
Un alto porcentaje de niños y niñas que consumen drogas han tenido como antecedente el abuso sexual, con el agravante de que en la mayoría de los casos, los abusos son cometidos por la persona de la que se espera protección.
Como toda violencia, el abuso sexual desestructura a la persona causando un impacto subjetivo y de identidad, lo que puede generar graves daños e incluso llegar al suicidio. Cabe mencionar que en las familias se identificaron historias de abuso sexual en algunas madres de las adolescentes y, que a su vez, han permanecido calladas y presentan consumo oculto del alcohol; asimismo, se observa que las figuras paternas son periféricas e incluso dependientes al alcohol.
Fuente: Violencia Familiar y Adicciones. CIJ