Agencia Reforma
Ciudad de México 8 marzo 2026.- En Haití, no existe un lugar para que las mujeres se sientan seguras.
Este país del Caribe, el más pobre de América Latina y donde alrededor del 60 por ciento de su población sobrevive por debajo del umbral de la pobreza, está sumergido en una sangrienta ola de violencia desde el asesinato del Presidente Jovenel Moise en 2021. Y las principales víctimas de esta crisis han sido las mujeres.
Este problema lo conoce bien Diana Manilla Arroyo, mexicana que encabeza la misión de Médicos Sin Fronteras en Haití.
Antes de su última estancia en el país, que inició en 2024, Diana había estado ahí en tres ocasiones previas (2010, 2015 y 2022). Por eso, ha podido atestiguar y dimensionar el colapso de esta nación.
Lo que más le ha sorprendido desde que regresó es la magnitud de la violencia sexual.
«Siempre ha habido violencia sexual aquí, como en todos lados del mundo. Pero los niveles fueron los que nos llevaron a empezar este proyecto, que es una clínica que le llamamos vertical, quiere decir que no hay ningún otro tipo de servicio, es exclusivamente para sobrevivientes de violencia sexual. Y eso no lo tenemos en todos lados. En otros lados, el servicio se incluye en otro tipo de estructuras. Pero aquí empezamos ese proyecto porque ya era un problema importante», señala en entrevista con Grupo REFORMA desde Puerto Príncipe.
Pran Men’m es la clínica a la que hace referencia Manilla. Fue abierta en 2015, y en ella han brindado atención médica y psicosocial integral a casi 17 mil personas, víctimas de violencia sexual, de las cuales el 98 por ciento son mujeres y niñas.
De acuerdo con la jefa de la misión de MSF, la violencia sexual contra las mujeres ha recrudecido desde el asesinato de Moise.
«No nada más ha aumentado el número de casos, sino también la brutalidad de las agresiones», expone.
Problema fuera de control
Médicos Sin Fronteras advierte que la violencia sexual es generalizada en todos los contextos humanitarios en donde operan como organización. Pero, destacan, específicamente en Haití los efectos de la violencia, del desmantelamiento sistemático de los sistemas de salud, seguridad y justicia recaen sobre los cuerpos de las mujeres y niñas.
«Definitivamente todas las personas aquí están afectadas de una manera u otra por los índices de violencia», apunta Manilla, «pero las consecuencias sobre el cuerpo de las mujeres son completamente fuera de proporción».
MSF registra en los últimos 10 años 16 mil 999 sobrevivientes de violencia sexual en Haití, de los cuales sólo 2 mil 300 se registraron en los primeros nueve meses de 2025.
Manilla advierte que no sólo ha incrementado el número de casos, sino la magnitud de la violencia.
«Ahora, el número promedio de agresores es de tres, pero incluso hemos recibido más de 100 pacientes que nos explican que fueron abusadas sexualmente por 10 o más personas al mismo tiempo, más agresores al mismo tiempo. Y mucho de esto pasa en la calle o en sus propias casas durante los ataques contra las comunidades o en sitios de personas desplazadas», indica.
De acuerdo con la jefa de misión, actualmente hay más de 1 millón de personas desplazadas en Haití, y la mayor parte está en Puerto Príncipe.
«El número de sobrevivientes que nos explican que viven en sitios de personas desplazadas ha aumentado 20 veces desde 2022», añade.
Las personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares debido a los constantes ataques de grupos armados contra sus comunidades que, subraya Manilla, van acompañados de violencia sexual.
«Eso también lo vemos en las cifras. Desde 2022, la violencia sexual cometida durante ataques a gran escala contra familias o comunidades, y no nada más contra mujeres de manera individual, se ha multiplicado casi por cinco», alerta.
Además, dice, el número de agresiones colectivas ha aumentado en más de la mitad.
«El 58 por ciento de las sobrevivientes atendidas (en la clínica de MSF) han sido víctimas de una agresión colectiva», destaca la mexicana.
Y debido a que más de la mitad son agredidas por miembros de grupos armados, la violencia sexual implica cada vez más el uso de armas.
«A veces para violarlas con esas armas, a veces para golpearlas en la cabeza hasta que estén inconscientes. Y también aumenta el número de amenazas de muerte durante estas agresiones», advierte la jefa de misión.
Sin un lugar para esconderse
Manilla cuenta un caso reciente que le impresionó mucho. El de una mujer que ha acudido a la clínica Pran Men’m en tres ocasiones, por tres agresiones distintas en diferentes momentos.
«La primera vez estaba en su casa y llegaron miembros de grupos armados, y atacaron toda la comunidad. Ella perdió su casa, se la incendiaron los grupos armados y asesinaron a su marido ahí enfrente de ella cuando intentó que no la violaran. Después de eso se fue a vivir a un sitio de personas desplazadas porque se quedó sin casa y ahí la violaron por segunda vez», detalla.
Estos lugares, describe, muy frecuentemente no están iluminados y a veces no tienen puertas que se puedan cerrar. Muchos viven en tiendas de campaña improvisadas.
Manilla cuenta que tras esa segunda violación la mujer dejó el sitio de desplazados y comenzó a vivir en la calle, donde encontró un coche abandonado para dormir junto con sus cuatro hijos. Fue ahí donde la agredieron sexualmente por tercera vez.
«Este ejemplo me parece que ilustra la realidad cotidiana de muchas mujeres, en donde no pueden estar en paz en ningún lado, ni en ningún momento», lamenta.
Las mujeres no están en guerra
Lejos de disminuir, Manilla reconoce que el problema empeorará.
«Utilizan la violación para controlar y para someter a mujeres y niñas. Esto no es algo accidental o algo que parece presentarse de manera rara, sino que está más organizado de lo que pensamos y se practica sistemáticamente. Tenemos muchísimas pacientes, muchísimas sobrevivientes que nos explican como ésta es una realidad de todos los días», comparte.
«Es una forma de sometimiento y de control para una población que son ellas, que no son un sector con el que (los grupos armados) estén peleando».
La violencia contra las mujeres, añade la jefa de misión, está normalizada. Este sector de la población se encuentra en total abandono: sin casa y sin apoyos.
Además, la violencia no distingue de edades. Si bien, dice Manilla, en 2017 su organización alertó de un gran número de casos de mujeres menores de edad, a partir de 2022 estos se han reducido a más de la mitad, y los casos de mujeres de entre 50 y 80 años se han multiplicado por siete.
«Muchas veces me preguntan aquí autoridades o miembros de otras organizaciones internacionales si las adolescentes son el grupo de personas que más recibimos. Y bueno, les explico que en realidad hoy en día cualquier mujer de no importa qué edad puede ser agredida», puntualiza.
Una mexicana comprometida
Manilla se unió a MSF en 2015 como gerente de promoción de la salud en Haití, y desde entonces ha trabajado en varios proyectos de la organización en Uganda, Myanmar, Turquía, República Democrática del Congo, Yemen e Irak. Entiende y comparte que la misión es brindar atención médica a quien lo necesite «sin importar si están de un lado del conflicto o del otro».
«Yo aquí estoy encargada de llevar las operaciones, y me toca también discutir con los grupos armados para que los equipos médicos puedan hacer su trabajo. Siempre hemos utilizado para la seguridad de nuestros equipos explicar qué hacemos y el hecho de que los servicios que damos son para todo el mundo. Eso es lo que siempre nos ha dado seguridad», responde a la pregunta de si no teme por la crisis de violencia en Haití.
«Eso no quiere decir que no tengamos toda una serie de desafíos, sobre todo en esta ciudad. Es un trabajo importante que sin duda representa muchos riesgos, pero aquí estamos comprometidos y comprometidas».