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Francisco Montfort

La complejidad de nuestro tiempo se produce en gran medida por la simultaneidad de acontecimientos de muy diversa naturaleza, en nuestro país y en su contexto internacional. Pensar, sobre la naturaleza de los cambios, cuando se es actor voluntario o involuntario de los acontecimientos dificulta aún más el esclarecimiento de los procesos sociales que nos envuelven.

Vivimos en medio de una guerra de interpretaciones del diario acontecer en la cual el poderío de la propaganda oficial es inmenso. Y hemos caído en el juego de las calificaciones que buscan más que esclarecer nuestro panorama, socavar al adversario, primer síntoma de un cambio enorme pero que nos hemos negado a mencionar y a ventilar públicamente.

El problema central que agobia a la mayoría de los mexicanos es que estamos inmersos en la creación política de una tiranía.

Para facilitar este hecho omitamos por un momento la política internacional y el factor Trump. Olvidemos también la determinante cuestión del desarrollo interno y los problemas estructurales en salud, educación, medio ambiente, finanzas y otros.

Me atrevo a sugerir que el problema político es el más influyente. Y, dejando de lado, por el momento, los hechos coyunturales que determinan nuestro presente político (el ascenso, permanencia y características de los actuales dirigentes nacionales) propongo pensar acerca de la naturaleza del régimen político que se está construyendo frente a nosotros y que determina nuestras conductas.

El Barón de Montesquieu, pionero en hacer presente la necesidad civilizatoria de que las sociedades vivan el proceso civilizatorio de regir sus conductas mediante leyes, también lo fue en presentar la división del poder en tres de sus principales tareas, y menos conocido, fue el primero en diferenciar la naturaleza del gobierno (lo que le hace ser lo que es) de su principio gobernante (lo que lo inspira, lo que le hace actuar). Esta aportación, de acuerdo con el esclarecedor ensayo de Hannah Arendt, La revisión de la tradición por Montesquieu, es la que sigo en este escrito. (La promesa de la política, México, Paidós, 2021.)

Arendt señala este último hallazgo del pensador francés como fundamento para entender las conductas ciudadanas de acuerdo con el régimen político en el cual se desenvuelven. Y esto así porque para él las <<leyes nunca nos dicen lo que debemos hacer, sino únicamente lo que no debemos hacer>> de tal forma que para caracterizar el tipo de régimen político debe establecerse ese <<algo más en los gobiernos que la ley y el poder para dar cuenta de las acciones reales y constantes de los ciudadanos dentro de la ley>>.

El principio para la acción es, en la Monarquía, el Honor, el amor por la distinción <<lazo vinculante entre estructura de un gobierno (representada por el Esprit des Lois) y las acciones de su cuerpo político>>; el Honor como principio de acción, ya que representa la <<experiencia de lo que hay de único en cada ser humano…Así, la monarquía <<proporciona a cada sujeto la posibilidad de dar lo mejor de sí…obtener el reconocimiento de por vida>>.

En la República prima la Virtud como principio de acción. Esta surge del amor por la igualdad. ¿Qué igualdad? La política: <<No ser más notorio en los asuntos públicos, nacer iguales en términos políticos. Igualdad en la fuerza, el estar-junto a aquellos con fuerza igual, que provoca la virtud republicana: la alegría de no estar solo en el mundo.>>.

Por extensión podemos, tentativamente, afirmar que en un régimen democrático el principio para la acción es la libertad, que el gobierno se esmera por defender y extender al ejercicio de los derechos humanos mediante el cumplimiento de la libertad. Por su parte, el mérito, el amor ciudadano en la democracia radica en el amor por la participación solidaria en los asuntos públicos nacionales y de su comunidad.

El “Esprit Général” que une la estructura de gobierno con su principio de acción (Virtud en la República, Honor en la Monarquía y Atributo en la democracia) desaparecen cuando, para Montesquieu, deja de existir el cuerpo político, debido al arribo de una tiranía. Sea por medio de la violencia extrema del golpe de Estado, o por la perversión de la democracia, las leyes dejan de limitar la fuerza de los iguales y surge la fuerza de uno que anula la del otro.

Con la tiranía llega la falta de legalidad, que provoca que el poder de los hombres- juntos resulte imposible. Además, se expande un sentimiento de impotencia entre el cuerpo político en su conjunto. El tirano usurpa los medios de violencia y con su ambición desmedida de poder << arrambla con los límites establecidos por las leyes>>. Se establece en el cuerpo social el principio antipolítico del miedo. Miedo entre ciudadanos, miedo de los súbditos al poderoso y miedo del poderoso hacia los súbditos: reina la tiranía.

<<Si la virtud es el amor por la igualdad en el reparto del poder, entonces el miedo es la voluntad de poder surgida de la impotencia, la voluntad de dominar como alternativa a ser dominado (el traslado de todos los actores políticos a Morena). Pero esta sed de poder nacida del miedo nunca puede ser aplacada (recuerde el actuar devorador del señor López) pues el miedo y la desconfianza mutua hacen imposible “actuar en concierto” … Las tiranías destruyen el estar juntos de los hombres (de ahí el empeño por dividir a la sociedad): al aislarlos entre sí buscan destruir la pluralidad humana… (además) se basan en la experiencia individual fundamental en la cual estoy completamente solo, que es la de estar indefenso…>>

AMLO sin duda era y es temido. Sometió a su poder el poder de los militares y la Guardia Nacional, para utilizarlos como entes disuasivos contra cualquier oposición, al igual que la FGR y el SAT y las auditorías del IMSS más todos los aparatos coercitivos a su alcance. A partir de su gobierno es ostensible la violación de las leyes (corrupción y violencia) y la impunidad de los violadores, siempre y cuando se dobleguen a sus órdenes.

El Tirano se aisló en Palacio Nacional (nunca tan fortificado por barreras metálicas) y dejó las plazas públicas por temor a las protestas ciudadanas o a una acción del crimen organizado; ahora, los ciudadanos desconfiamos de otros ciudadanos, y tememos a los aliados al poder político en su calidad de crimen organizado; y en general, los ciudadanos tememos a la nueva clase dirigente debido a su iracundia si osamos criticarlos o señalar sus errores.

Morena y sus líderes pueden ser calificados como populistas, reaccionarios y conservadores (aunque ellos se autoconsideren progresistas de izquierda), como proto fascistas o proto comunistas, nacionalistas o revolucionarios nacionalistas. Cualquier adjetivo es menos importante que denominar su cualidad esencial: son tiranos.

Por enportada

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