Spread the love

Agencia Reforma

Ciudad de México 19 febrero 2026.- El Concierto para violonchelo de Antonín Dvorák fue el primer amor musical de Steven Isserlis, y el idilio perdura más de 50 años después.

 «Lo amo ahora tanto -no: más- que cuando era niño», confiesa el chelista británico, quien regresa a México para interpretar esta obra con la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) en la Sala Nezahualcóyotl este sábado y el domingo.

 «Solía escucharlo sin cesar. Cuando tenía 12 años, mi maestra Jane Cowan me dejó empezar a estudiarla -¡después de que insistiera sin parar!-. La interpreté por primera vez cuando tenía 14, hace más de 7», bromea en entrevista vía correo electrónico sobre aquel debut precoz.

 Isserlis (Londres, 1958) ofrecerá este concierto, considerado una de las cumbres del repertorio concertante para violonchelo, bajo la dirección huésped del portugués Pedro Amaral (Lisboa, 1972) al frente de la OFUNAM.

 Le fascina por su estructura, y además destaca la variedad que Dvorák (1841-1904) extrae del motivo inicial -«digna de Ludwig van Beethoven», dice el chelista- y la coda -pasaje final del último movimiento-, escrita por el autor tras la muerte de su cuñada Josefina Cermáková, y a la que consideraba «profundamente conmovedora».

 Esta pieza «lo tiene todo», resume quien ha sido solista de las orquestas más prestigiosas del mundo, como las filarmónicas de Berlín, de Viena y de Londres, así como la Gewandhaus de Leipzig, en Alemania.

 Durante el Romanticismo, el repertorio concertante para violonchelo fue menos abundante que el del violín o el piano, en parte por las dificultades de equilibrar su registro medio-grave frente a la masa orquestal. Dvorák asumió ese desafío con una escritura que explota al máximo la capacidad lírica y dramática del instrumento.

 Compuesto durante su estancia en Estados Unidos, donde dirigió el Conservatorio Nacional de Nueva York, el concierto incorpora en el segundo movimiento una melodía de su canción Lasst mich allein (en alemán, «Déjame solo»), apreciada por Cermáková, de quien se enamoró en su juventud. Tras el fallecimiento de ella, el compositor ajustó el final de la obra, ampliando la sección conclusiva en un gesto que la crítica ha interpretado como un homenaje.

 En el mismo programa de la OFUNAM se escuchará la Sinfonía No. 9, Del Nuevo Mundo, concebida por Dvorák también en Estados Unidos y en un periodo cercano al del concierto de chelo. Pero la coincidencia temporal no implica afinidad estética: «Son muy diferentes entre sí», aclara Isserlis.

 Consultado sobre las resonancias que esta sinfonía podría adquirir en un presente marcado por el endurecimiento de la política migratoria en Estados Unidos -fue escrita desde la mirada de un compositor europeo fascinado por las tradiciones musicales estadounidenses-, Isserlis zanja: «No suelo pensar en la música de esa manera».

 En el programa de este fin de semana de la OFUNAM también se estrenará el Scherzo de Amaral, director huésped.

 Aunque Isserlis no ha escuchado aún la obra, está seguro de que la combinación con el concierto de Dvorák «funcionará perfectamente»; el título mismo (Scherzo) le parece una «buena señal», anticipa.

 Además, siempre celebra la existencia de nuevas obras.

 Si bien el repertorio romántico ha sido uno de sus territorios naturales, él mismo ha promovido en paralelo la creación contemporánea. Ha estrenado obras como The Protecting Veil, de John Tavener; Lieux retrouvés, de Thomas Adès; la sonata para violonchelo y piano Left Hand (Les Adieux), de Stephen Hough, y For Steven and Hilary’s Jig, de György Kurtág.

 Escribir y tocar para niños es otra vertiente de su trayectoria.

 Sus libros sobre grandes compositores -Why Beethoven Threw the Stew y Why Handel Waggled His Wig- han sido traducidos a varios idiomas. Y también ha publicado sobre el célebre Advice for Young Musicians, de Robert Schumann.

 Después de décadas en los escenarios, lo que más le sorprende, reconoce, es que la música siga sorprendiéndolo. Y que la ame «cada vez más».

‘Aristócrata complaciente’

 Parte de la identidad artística de Isserlis está ligada al instrumento que toca: el Stradivarius «Marqués de Corberon», de 1726, un préstamo de la Royal Academy of Music, y con el cual regresa a México.

 Lo describe en entrevista como un «aristócrata complaciente».

 «Pienso en un color y el Marqués lo produce», añade, como si hablara de un cómplice disciplinado.

 Antes de asumir el «Marqués de Corberon» como su voz principal, Isserlis utilizó el Stradivarius «De Munck», propiedad de la Nippon Music Foundation, que devolvió en 2011. Ha dicho que éste y aquel tienen un «alma diferente». Incluso en una grabación de obras de Schumann junto a Dénes Várjon alternó ambos instrumentos en el estudio, repartiendo las piezas entre uno y otro.

 Consciente de que los Stradivarius que toca no le pertenecen, el violonchelista británico emprendió la adquisición de un Montagnana de 1740, financiado mediante un préstamo bancario y la participación de benefactores.

 Aun así, no puede desprenderse de su Guadagnini de 1745, el violonchelo que lo acompañó entre 1979 y 1998 y con el que realizó la mayor parte de sus primeras grabaciones.

 Hoy lo comparte con el violonchelista David Waterman, también británico: un acuerdo que le permite recuperarlo para ocasiones especiales.

De música, picante y margaritas

 Isserlis visitó México por primera vez hace poco, el año pasado, presentando recitales en León, Guanajuato, y Monterrey, Nuevo León, junto a la pianista Connie Shih.

 Recuerda públicos «muy especiales», jóvenes chelistas de nivel «excelente» y, sobre todo, la comida picante, a la que se declara adicto.

 Solamente hubo una decepción: las margaritas, pero ahora espera la revancha.

 «Espero compensarlo esta vez. ¡Es mi bebida favorita!».

Por enportada

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *