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Uriel Flores Aguayo

Son rebeldías en plural, de todo tipo, tanto personal como colectivas, en lo privado y en condición ciudadana. Hay rebeldías con causa y sin causa. Rebeldías de vida y de momento. Es el motor de los cambios. Lo contrario es rutina y conformismo. Rebelarse es participar, tener conciencia y ser crítico. La rebeldía atraviesa todo, puede o no ser de ideas y de política o no. Normalmente es rasgo de juventud en su búsqueda identitaria y vida veloz. La rebeldía desafía control social y estructuras autoritarias. Lo dice la historia y es ineludible.

Veo una versión rebelde en el esfuerzo por no polarizar y buscar un espacio de acción con criterio propio en la actual coyuntura política mexicana. Todavía más importante es eludir el odio; esa expresión nociva y cruel que envenena la convivencia social y deshumaniza a propios y extraños. Ni de juego se debe alentar, al contrario: aislar a sus promotores, casi siempre demagogos y exponentes del oportunismo. Estés en el poder o en la oposición debes reflexionar sobre lo negativo de la polarización por sistema y el discurso que insulta y ahorra argumentos. El choque de los extremos reduce el espacio de la sensatez y cierra el paso a la gente, todo lo hace excluyente.

No es sencillo, pero vale la pena intentar un espacio distinto, tal vez pequeño, de alcances esenciales y dignos. Esa es una apuesta útil y positiva. Hacia allá se mueve la rebeldía de ahora: aportando razones, reflexionando, construyendo puentes de diálogo, dejando testimonio y generando resultados. No tiene nada de malo ser realistas y medir alcances. Tal vez el ámbito de acción sea municipal, concreto y viable.

Recadito: acertadas las jornadas de atención ciudadana denominadas “día del pueblo” en Xalapa.

Por enportada

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