UNO MENOS
Salvador Farfán Infante
Sentirse mal con nosotros mismos puede ser adictivo; Seguramente cuando nos centramos demasiado en nuestros deseos insatisfechos, nos comparamos a nosotros mismos o a las circunstancias desfavorablemente con los demás, o preguntamos repetidamente «¿Por qué a mí?”, nos hundimos cada vez más en la desesperación y la autocompasión. Y el método de esta semana es:
ELIMINANDO LA AUTOCOMPASIÓN:
Esta emoción es tan desagradable que nadie que esté en sus cabales quiere admitir padecerla. Aun cuando estamos sobrios, muchos de nosotros somos expertos para ocultarnos a nosotros mismos el hecho de que estamos enredados en una madeja de autocompasión. No nos gusta que se nos diga que se nos nota, y astutamente tratamos de argumentar que estamos experimentando una emoción distinta a ese detestable “POBRECITO DE MI”.
O podemos también, en un segundo, encontrar una docena de razones “Perfectamente legítimas” para sentirnos de cierta forma afligidos por nosotros mismos.
Mucho tiempo después de habernos desintoxicado pende sobre nosotros el sentimiento tan conocido del Sufrimiento. La autocompasión es una arena movediza. El hundirnos en ella requiere muchos menos esfuerzos que la Esperanza, la Fe o simplemente movimiento.
Una de las formas que toma la autocompasión en nosotros cuando dejamos de consumir es:
- “Pobre de mí”
- ¿Por qué no puedo beber como todos los demás?
- ¿Por qué me tuvo que haber sucedido esto a mí?
- ¿Por qué tengo yo que ser un alcohólico o drogadicto?
- ¿Por qué yo?
Algunas personas muestran un celo especial para rociar sal sobre sus propias heridas. A menudo sobrevive en nosotros una feroz eficiencia en ese juego inútil que proviene de nuestros días de bebedores.
También podemos desplegar una extraña capacidad para convertir una pequeña molestia en todo un universo de lamentos. Cuando el correo nos trae la cuenta del teléfono algo crecida, nos sentimos abrumados por nuestras deudas, y declaramos formalmente que nunca podremos terminar de pagar.
Es como si lleváramos a nuestras espaldas un morral lleno de recuerdos desagradable, tales como heridas y rechazos de nuestra niñez. Veinte, o cuarenta años después, ocurre un acontecimiento sin importancia pro comparable a aquellos que tenemos guardados en el morral. Esa es la ocasión para sentarnos, destapar el morral y empezar a sacar de él, uno por uno todos aquellos rechazos y heridas del pasado. Con un recuerdo emocional total, volvemos a vivir con intensidad cada una d esas frustraciones, ruborizándonos de vergüenza por todas las timideces de nuestra niñez, rechinando los dientes ante los antiguos odios, repasando las antiguas disputas, temblando con temores casi olvidados, y tal vez llorando de nuevo por un fracaso amoroso de nuestra juventud.
Esos son casos extremos de genuina autocompasión, pero son difíciles de reconocer para aquellas personas que alguna vez han tenido, visto o deseado esa sensación de llanto incontrolable. Su esencia consiste en estar totalmente absorto en sí mismo. Podemos llegar a sentirnos tan agudamente preocupados por nosotros mismos que perdemos el contacto con los demás. O es muy fácil soportar a alguien soportar a alguien que actúa en esa forma, excepto a un niño enfermo. Por eso cuando nos metemos en ese pantano del “POBRECITO DE MI”, tratamos de esconderlo, particularmente de nosotros mismos, pero no es esa la forma de salir de él.
Por el contrario, necesitamos arrancarnos ese estar absortos en nosotros, ponemos de pie, y dar una amplia y sincera mirada a nuestra realidad. Tan pronto como reconocemos lo que significa la Autocompasión, podemos empezar a hacer algo acerca de ella, algo diferente que beber o drogarme.
Fuente: Viviendo Sobrio. AA