Érika P. Buzio
Agencia Reforma
Ciudad de México, 19 septiembre 2025.- Para explicar el principio de incertidumbre de Heisenberg, contaba un chiste: «¿Por qué las partículas elementales no hacen el amor?» y para demostrar la ley de la inercia jalaba un mantel sin tirar los platos de la mesa.
La astrónoma Julieta Fierro Gossman (Ciudad de México, 1948-2025) logró popularizar la ciencia hasta convertirse en una de las científicas más conocidas del País.
Era «la campeona de la divulgación», no solo en México sino en toda Latinoamérica, según Ruy Pérez-Tamayo, una eminencia de la medicina.
Con una sólida formación como discípula del astrónomo Manuel Peimbert en la Facultad de Ciencias de la UNAM y luego como su asistente, podía aterrizar para el gran público desde los últimos descubrimientos astronómicos hasta los aspectos básicos como los planetas formados fuera del Sistema Solar, los impactos de cometas y asteroides con la Tierra y sus efectos en la evolución de las especies.
«Al terminar su carrera, hizo todo su trabajo de tesis con mi esposo Manuel Peimbert», relata la astrónoma Silvia Torres Castillejos. «Hicimos mucho trabajo de investigación juntos, durante muchos años fuimos colaboradoras y poco a poco, ella se fue decantando hacia la divulgación».
Peimbert no solo indujo a Fierro hacia la composición química de la materia interestelar como su campo de estudio sino también hacia la divulgación cuando en una ocasión declinó una invitación a Canal Once y la envió en su lugar.
«Era el crimen perfecto porque en esas épocas nadie lo veía», narró con su característico humor la propia Fierro, quien apareció en programas de radio y televisión, además de escribir libros y trabajar para museos.
Pero cuando comenzó como divulgadora de la ciencia, no era un campo ni muy explorado ni valorado dentro del mundo académico.
Durante su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en 2004, Pérez-Tamayo, quien le dio la bienvenida, lamentó que fuera una vocación a menudo ignorada entre los científicos o considerada de segunda clase, un «refugio para aquellos que no tienen éxito en la investigación».
Para Fierro significó el compromiso de toda una vida. Su muerte, ocurrida este viernes a los 77 años, causó gran pesar y no solo entre la comunidad científica. El Instituto de Astronomía de la UNAM, del cual fue investigadora, atribuyó su deceso a «causas naturales».
«Una noticia tristísima, totalmente inesperada», lamentó la física Julia Tagüeña, su compañera de aula en la Facultad de Ciencias. Apenas la semana pasada coincidieron en el Congreso de la Red PoP (Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina) en Puebla, se tomaron selfies y platicaron después de mucho tiempo de no verse.
La astrónoma ofreció la charla inaugural «Retos de la divulgación». Pero ya no se quedó al resto del evento, tenía un compromiso en la Ciudad de México y decidió regresar ese mismo día. Este viernes, el chat de los participantes del congreso era pura incredulidad ante la noticia de su fallecimiento.
«Llegó con sus bolsas llenas de cosas, hizo experimentos en vivo, completamente su estilo. Fue súper aplaudida y querida por la gente. Un hit, como siempre», relata Tagüeña la que posiblemente haya sido la última presentación de la entrañable astrónoma.
Fierro se propuso hacer la ciencia entretenida y accesible, inventó juegos y experimentos para sus conferencias. Creía que para popularizar el conocimiento era importante «saber y disfrutar de la ciencia».
Su oficina en la Dirección de Divulgación de la Ciencia de la UNAM estaba llena de juguetes, coleccionaba piezas de todo el mundo, que utilizaba en sus conferencias.
«Entrabas a una junta seria y la mitad del tiempo armábamos rompecabezas y la otra mitad, te enseñaba algo que giraba gracias a una pila escondida. Siempre había un secreto científico», relata la bióloga María Emilia Beyer, directora del Museo de las Ciencias Universum.
A ritmo de mambo era capaz de explicar a Galileo con su grupo, Las Mamberas de Minerva, y encargó la obra Y sin embargo se mueve. Guardaba sus zapatillas de ballet en su oficina y en ocasiones invitaba a Beyer, también bailarina, a hacer trabajo de barra. La ciencia, decía, «entra más fácil» con el baile.
De Fierro recibió el empujón inicial como divulgadora de la ciencia el día en que la astrónoma se presentó de improviso en su pequeña oficina: «¿Alguna vez has escrito un libro?». A lo que Beyer respondió que no. «Pues te presento a tu primer editor», le anunció.
Ese tipo de apoyo no fue un caso aislado, vio el potencial de jóvenes científicos y les procuró oportunidades que de otra manera no habrían tenido.
«Amadrinó el nacimiento de muchos divulgadores de la ciencia. Era un motor que generaba tejido social y comunidad alrededor de la divulgación de la ciencia», alaba Beyer, apesadumbrada por el repentino fallecimiento de su mentora.
Fierro, al igual que Tagüeña, eran de las pocas mujeres estudiantes de física en la Facultad de Ciencias. Era una mente brillante. La suya fue una generación numerosa, derivada del mayor interés por la astronomía que despertó la llegada de los seres humanos a la Luna. También fue la generación de los Beatles, los hippies y las minifaldas, de hecho, así posaron ambas en la foto de generación.
Colaboraron en el diseño de Universum, Fierro a cargo de la sala de astronomía y Tagüeña, de energía. Fue solidaria con Tagüeña y el grupo de científicos del Foro Consultivo Científico y Tecnológico (FCCyT) que se pretendió encarcelar.
Utilizó su figura pública para abogar por más niñas en las carreras STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas, en inglés) y una mejor política pública para la ciencia y presupuesto suficiente.
«Decía lo que opinaba, era valiente. Daba su opinión, sincera y decidida, siempre pensando en el bien de la UNAM y de la humanidad», comparte Tagüeña.
En los últimos tiempos, enfocó sus esfuerzos en dos causas: el acceso al conocimiento como un derecho humano y el derecho a una muerte digna. Cuando Beyer le preguntó por qué, Fierro fue contundente: «Ya puedo descansar como divulgadora».
Julieta Fierro es despedida en la agencia Gayosso de Félix Cuevas. Le sobreviven sus hijos Agustín y Luis.